25.12.08

Cuentos de la abuela


Era todavía muy pequeña cuando la abuela me contó una historia que nunca mas olvidé. Estábamos sentadas frente al gran ventanal del comedor, donde todos los domingos después de comer y mientras el abuelo dormía, leíamos historias de amor, libros amarillos por los años y por tantas veces que han sido leídos. La biblioteca era inmensa, con mis pocos años y mi corta altura la veía aun mas grande de lo que en realidad era, ni siquiera con la silla podía alcanzar el ultimo estante, donde el abuelo guardaba los libros de filosofía.
El té de la abuela y mi plato de tostadas con azúcar reposaban en la pequeña mesa de madera ubicada enfrente, bien cerca, del gran sillón relleno de plumas donde nos acomodábamos para escuchar los pichones recién nacidos que llamaban a la madre desde la rama del árbol del parque.
- Hoy te contaré una historia sin dragones ni princesas – dijo la abuela mientras me soltaba las trenzas del pelo que mamá me había hecho por lo mañana. La abuela creía que para leer historias de amor había que sentirse lo mas libre, relajado y feliz posible. Me había escuchado decir una vez que odiaba las trenzas porque me hacían sentir atada, desde entonces cada vez que leíamos, me las soltaba y cuando mamá tocaba bocina indicando que volvíamos a casa, me volvía a armar las trenzas y el ritual terminaba.
- Esta historia no esta en ningun libro, solo tienes que escucharla- la abuela se acomodó los lentes, me acarició la cara y comenzó a narrar:

Había una vez un Amor chiquitito, muy muy pequeñito, que un día, y sin previo aviso, comenzó a crecer de a montones. Cada día, cada minuto, cada segundo que pasaba el Amor se hacia mas y mas grande. La mamá decía que era por comer tantas palabras dulces, el papá, en cambio, creía que eran tantos mimos diarios los que lo hacían crecer y engordar tanto. Al escuchar tantos comentarios, el Amor tuvo miedo. Creía que crecer tanto en tan poco tiempo era anormal, inentendible, inexplicable, que todos sus compañeritos, pequeños amores, se burlarían de él por ser tan grande. El Amor, no solo se hacia grande y gordo, sino que cada vez era mas fuerte.
Un año y medio después, el Amor ya no entraba en su cama, y no podía dormir, ya no entraba en la mesa, y le costaba mucho comer, ya no entraba en ningún lado de su casa, ya no salía de su casa, el miedo de ser un Amor tan distinto a cualquier otro amor conocido, lo aterraba.
Una madrugada, dicen algunos que fue domingo, el Amor ya no aguanto mas y se levanto mientras todos dormían, se acerco al espejo (la ultima vez que se había animado a mirarse todavía era un amor pequeñito) , se miró fijo a los ojos y se tomo unos minutos para recorrerse, para analizarse. Se vio entero, se sintió en lo mas profundo de si mismo. Le costo creer lo que el espejo le devolvió : era hermoso, era grande, puro, mas sano y fuerte y cualquier otro amor que halla conocido el mundo.
“Soy feliz!!!” gritaba el Amor por las calles mientras los otros todavía dormían. “Soy feliz, porque me he dado cuenta que nunca estuve enfermo, que no era malo ser como era, yo soy grande, gordo, fuerte!!!!”, suspiró por la emoción, tomo aire y continuo “ amo y soy amado!!!” , y el Amor nunca nunca mas volvió a tener miedo por ser grande, gordo y fuerte. Ahora pasea entre los pequeños amores, camina orgulloso, enamorado

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